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Entrevista: David Virelles

Por: Ferran Esteve
Fecha: 2014.02.22
Fuente: uadernos de Jazz

A David Virelles (Cuba, 1983) le han bastado dos discos como líder, el más ortodoxo Motion (Justin Time, 2007) y Continuum (Pi Recordings, 2012), esa pequeña obra de orfebrería ante la que se han rendido críticos de la envergadura de Ben Ratliff, y haberse convertido en uno de los pianistas más solicitados -por músicos tan consagrados como Tomasz Stanko, Chris Potter (que han recurrido a él en sus últimos trabajos, Wisława y The Sirens, respectivamente, los dos para el sello ECM)…

 
… Wadada Leo Smith, Henry Threadgill o Ravi Coltrane— de la escena neoyorquina actual para que la prensa especializada se haya puesto de acuerdo: el futuro (y el presente, como atestiguan quienes lo han visto) le pertenece. No es una sorpresa: desde su llegada a Canadá de la mano de Jane Bunnett y su posterior traslado a Nueva York, Virelles no ha hecho sino acumular elogios de sus pares, menciones de la prensa y la industria y galardones del mundo académico. Sorprende, sin embargo, la naturalidad con que Virelles, pese a su juventud, afronta este torrente de acontecimientos. Se muestra afable y tranquilo, humilde y consciente de que el camino no ha hecho más que empezar. Tal vez por eso, y aunque el eco de Continuum apenas se ha apagado, ya está inmerso en varios proyectos nuevos (¿quién sabe si su tercer disco como líder?), si bien prefiere no hablar mucho de ellos, como si se sintiera más cómodo explicando, simplemente, quién es, de dónde viene y qué ha hecho. Como si no quisiera sumarse a todas esas voces que le auguran un futuro esplendoroso y prefiriera dejar que las cosas siguieran su curso.

 

Artista sin barreras

Lo primero que llama la atención al escuchar Continuum es la enorme distancia estilística que lo separa del primer disco. Motion parece un trabajo mucho más ortodoxo, un disco en el que los temas siguen una estructura más tradicional: presentación y desarrollo de la melodía, solos... Continuum, en cambio, es algo radicalmente distinto, y por momentos parece casi una suite. ¿Qué ha pasado en estos cuatro años para que su música haya evolucionado de tal modo?

Creo que ha habido una transición natural. Motion es el reflejo de la música que tocaba con el grupo que tenía en Canadá, un grupo que siguió en activo después de aquel disco pero con el que no volví a grabar. Poco después tomé la decisión de trasladarme a Nueva York y ahí empecé a trabajar con gente distinta.


¿Qué le impulsó a mudarse a Nueva York?

Uno de los motivos principales fue que quería estudiar con Henry Threadgill. Y reconozco que fue una experiencia que me marcó bastante, no solo estudiar con Henry, sino todo lo que vino después: conocí a otra gente, pude descubrir la escena neoyorquina, lo que se estaba cociendo ahí... Eso me dio otra perspectiva y otras ideas, descubrí que la música improvisada te abría la puerta a hacer otras cosas. Y eso fue lo que pasó en Continuum.


El disco admite muchas lecturas. Por ejemplo, que pese a que el elemento predominante es la improvisación, el proyecto es mucho más ambicioso, como si hubiera querido tender un puente entre la música cubana de raíz más africana, el jazz más ortodoxo y la música improvisada.


Quería que los temas del disco fueran como viñetas unidas entre sí por un hilo conductor, por un tema central, pero el resultado ha sido en gran medida fruto de la configuración del grupo y de la mezcla de músicos que han participado en el proyecto, porque todo el mundo ha aportado cosas.


Y además de esa mezcla de estilos, hay una mezcla de generaciones.

Empecé a trabajar con Andrew Cyrille gracias a Ben Street. Fue él quien propuso su nombre cuando me dijo que teníamos que hacer algo juntos. Cuando comenzamos a tocar, todo era improvisado. Ben y yo teníamos algunas estructuras a las que nos ceñíamos más o menos cuando tocábamos con Andrew, pero él tenía libertad para interpretarlas a su manera. También es cierto que me parecería un poco absurdo darle instrucciones a alguien como Andrew, que es un maestro de su instrumento y de la música, porque cualquier cosa que le pudiera decir estaría muy por debajo de lo que él es capaz de hacer. Aquellos primeros conciertos me dieron muchas ideas sobre la dirección que podía tomar el grupo, qué elementos explotar. Yo quería crear algo en lo que no hubiera elementos que lo definieran, en términos de época, cultura y estilo. Quería crear algo que hablara de la experiencia de toda la gente que comparte esa manera de expresarse, que reflejara lo que había pasado en el Caribe, en Estados Unidos, en Brasil… Y creo que la gente que elegí para participar en el disco, incluido el pintor Alberto Lescay, ha permitido alcanzar este resultado y llegar a él de una manera muy natural.

Viniendo de alguien que en el momento de la grabación todavía no había cumplido treinta años, Continuum es un disco de una madurez y un riesgo altísimos. No es habitual que alguien tan joven apueste por un proyecto tan ambicioso y complejo.

Hay un punto en el que el proceso ha sido como un pez que se muerde la cola, porque, aunque yo tenía una idea de lo que quería hacer, mi gran suerte ha sido, como he dicho antes, tener acceso a ese elenco de músicos, pero es que poder rodearme de ellos fue, al mismo tiempo, uno de los factores que me inspiraron a seguir adelante con el proyecto. Poder contar con Andrew, con Ben, con Román [Díaz, percusión] o con el resto de músicos que participaron me hizo sentir que, al menos, podía intentarlo. Como no sentía ninguna obligación, si el resultado no hubiera sido el esperado no habría publicado el disco, pero cuando acabamos me pareció que había una cierta coherencia, que habíamos logrado plasmar de varias maneras lo que yo buscaba.


Usted viene de familia de músicos, tanto por parte de padre, como de madre, pero ninguno de ellos se dedicaba al jazz. ¿Cómo entró en contacto con el jazz?

Mi padre es cantautor y mi madre toca música clásica en la orquesta sinfónica del pueblo donde nací. Crecí y me formé musicalmente en Santiago, donde lo cierto es que no se oía mucho ese tipo de música, pero durante aquellos años tuve algunos mentores, gente que, en comparación con lo que yo hacía, estaban en un plano mucho más elevado. Uno de ellos era el hijo de Alberto [Lescay], que es trompetista y que todavía vive en Cuba. Él fue uno de los primeros músicos con los que empecé a tocar. Otra figura importante de aquellos años, y uno de mis primeros mentores, es Carlos Perrota, profesor de la escuela, compositor, pianista y percusionista.

 
¿Su gran inmersión en el jazz llegó al trasladarse al Canadá?
No exactamente. Más bien, la oportunidad de ir a Canadá fue consecuencia de mi pasión por el jazz: cuando viajé a Canadá yo ya estaba muy metido en el jazz, había conseguido reunir muchas grabaciones y transcribía mucho material de éstas. Trasladarme a Canadá me permitió seguir estudiando y me brindó la oportunidad de entrar en contacto con gente con la que me interesaba estudiar.

Antes ha salido el nombre de Henry Threadgill. Echando un vistazo a su carrera desde que salió de Cuba, podría decirse que hay tres nombres que son fundamentales en su formación: Threadgill, como usted mismo ha dicho, pero también Steve Coleman y, por supuesto, Jane Bunnett.

Sí. A lo largo de mi carrera ha habido mucha gente que me ha ayudado pero a Jane, y a su esposo, Larry Cramer, le debo, entre otras cosas, la invitación para viajar al Canadá. Jane, Steve y Henry son personas muy distintas y tienen intereses muy diferentes, pero de todos ellos aprendí que es importante intentar profundizar en lo que a uno le interesa, en lo que uno cree que puede desarrollar, ser natural y que, para crear, hay que adoptar un enfoque abierto.

 
De esos tres nombres, tal vez el que, a primera vista, ha dejado una huella más evidente en Continuum es, una vez más, Henry Threadgill y su manera de entender la música como un todo que va transformándose gradualmente a partir de una idea inicial.


Desde que llegué a Nueva York hasta hoy, Henry ha ejercido una gran influencia en lo que he hecho en todos los sentidos, ha sido una figura que me ha ayudado a definir muchas cosas, a descubrir otras que podían interesarme y a profundizar en ellas. Henry es un maestro de la arquitectura musical y estar cerca de él me ha permitido ver cómo arregla diferentes situaciones musicales, cómo se enfrenta a diferentes parámetros, cómo busca el equilibrio entre los distintos elementos que intervienen.

¿Esta idea de la búsqueda del equilibrio entre los diferentes elementos puede trasladarse también a la elección de los músicos con los que trabaja?


La instrumentación con la que quiero trabajar es algo que suelo tener claro, pero me interesa mucho más la personalidad de cada músico, qué aporta a la música, porque una sola persona puede cambiar radicalmente una situación. Por eso me gusta tocar con Andrew, por ejemplo, porque es uno de esos músicos capaces de transformar cualquier situación y de aportar su energía sin necesidad de darle instrucciones.

Al mismo tiempo, muchos músicos lo han elegido a usted para sus proyectos. ¿Cómo se siente en el papel de acompañante y con las expectativas que se están creando alrededor de su figura?


Trato de no prestar mucha atención a lo que se dice, porque este tipo de eslóganes son cosa de los medios. En Nueva York hay mucha gente, gente de todo el mundo, con enorme talento y que está haciendo muchas cosas interesantes. Yo me siento muy afortunado por haber podido trabajar con tanta gente desde que llegué a Nueva York y por haber entrado en ese círculo con relativa rapidez. Por otro lado, meterte por completo en el mundo de un líder es muy laborioso. Por ejemplo, la música que toco con Ravi [Coltrane] no tiene nada que ver con la que he tocado con Henry [Threadgill], con Chris [Potter] o con Steve [Coleman]. Cada uno tiene su propia visión, y a mí me toca intentar funcionar dentro de su mundo, entender, de una manera más intuitiva que conceptual, qué quieren decir y buscar la manera de incorporarme a ese discurso, aunque sin perder mi personalidad musical.


Los músicos que acaba de citar se mueven en terrenos distintos. ¿En cuál se encuentra más cómodo?


Intento no ponerme barreras. He tocado con gente muy distinta, desde Changuito, que es música netamente cubana, hasta Wadada Leo Smith. Todo lo que pueda existir dentro de ese espectro es riqueza, no solo musical, sino también  personal. Me interesa ser capaz de moverme en diferentes terrenos y de intentar funcionar en cualquier situación musical.


¿Sin miedo a que las cosas no salgan como se esperaba?

Sí, porque eso también puede pasar y ha pasado, pero es que el aprendizaje también es eso. Tocar con gente más experimentada que yo forma parte de mi aprendizaje, y me interesa alimentarme de todo lo que pasa en el escenario y fuera de él.

Al hablar del grupo con el que ha grabado Continuum, ha asomado el nombre del pintor Alberto Lescay. Recientemente, ha aparecido un disco en el que también colabora, la última grabación del trompetista Tomasz Stanko, inspirada en la poetisa Wisława Szymborska. ¿Le atrae trabajar con formas artísticas distintas de la música?

Sí, y de hecho ese fue uno de los propósitos del proyecto Continuum. Hacía tiempo que quería colaborar con Alberto, y es una vía que me gustaría seguir explorando, porque creo que es una fórmula con muchas posibilidades.

 
¿Limitará esos experimentos al estudio o se atrevería a llevarlos a un escenario?

Me gustaría presentarlos en directo, sí, aunque hay que puntualizar que, en el caso de Continuum, el proceso fue un poco particular, ya que el trabajo de Alberto es anterior a la grabación del disco aunque se inspira en la música que dio origen a éste. Es decir, su obra es anterior a la grabación pero, como había oído material que habíamos grabado en los primeros conciertos a trío, ya sabía más o menos por dónde queríamos ir.

Usted se marchó de Cuba muy joven. ¿Cómo se ha recibido su trabajo en la isla?

En Cuba hay gente que entiende totalmente la parte más folclórica, porque conoce esa cultura; en cambio, lo que le cuesta un poco más es la vertiente jazzística e improvisadora. Le pondré un ejemplo: presenté Continuum a Cubadisco, un certamen en el que participan todo tipo de producciones discográficas cubanas, y ni siquiera quedó nominado, aunque tampoco me extraña porque no creo que en Cuba se haga la música que presentamos en ese disco. Sí que hay, en cambio, cubanos que tocan ese tipo de música, pero fuera de la isla. Con todo, la respuesta ha sido bastante positiva. Presenté el disco en Santiago e incluso organicé un panel con Alberto, y la gente entendió mi necesidad por unir todos los elementos que hay en Continuum, lo que me hizo sentir muy bien. Pero no hay que olvidar que me marché de Cuba muy joven y mi nombre apenas se conoce fuera del círculo musical, a diferencia de casos como los de Chucho Valdés o Gonzalo Rubalcaba, o incluso Ramón Valle, que aunque se marchó de Cuba hace muchos años, ya había hecho carrera profesional en la isla.

Tomado de: © Cuadernos de Jazz, junio – 2013

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