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López Nussa, aires de familia

Por: Pedro de la Hoz
Fecha: 2017.08.28
Fuente: Granma

La familia López Nussa Lekszycki cerró el ciclo de conciertos estivales del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Dos pianistas, dos percusionistas, más dos invitados, suscribieron una entrega rica en ideas, grávida de imágenes, que confirmó la estatura artística de los hijos y nietos de Leonel y Wanda, pintor y crítico él y profesora ella, que dejaron huellas visibles
en la cultura cubana.

Integrados en la escena, cada cual posee, sin embargo, una personalidad bien definida, lo cual se puso de manifiesto a lo largo de un programa en el que las virtudes creativas de Ernán, Harold, Ruy y Ruy Adrián se complementaron al más alto nivel.

En el pórtico, Guajira, obra de Ruy Adrián, el más joven, que a partir de la célula rítmica (la alternancia de 6/8 3/4) cristalizada genéricamente en la tradición musical cubana, abre las potencialidades de una formidable descarga matizada por las intervenciones de Ernán y Harold en el piano, la impronta de Ruy y el autor en la batería y el siempre ponderado estilo
improvisatorio del trompetista Mayquel González.

Resulta inevitable evocar lo mucho que representó Frank Emilio Flynn en la jerarquía del jazz cubano, al escuchar Dinga, dunga, donga, de Ernán López Nussa. La gracia de la síncopa y la sinuosidad de los tumbaos tienen posibilidades infinitas de desarrollo para intérpretes imaginativos.
 
Una operación diferente fue la que colocó en el territorio del jazz latino Footprints (1966), estándar del saxofonista norteamericano Wayne Shorter. No he escuchado la versión de Miles Davis, calificada por la crítica como algo fuera de serie, pero sí la excelente del propio compositor con Herbie Hancock al piano. Lo aportado por Ernán y Harold con sus variaciones e intertextos sorpresivos se ubica entre las mejores opciones para abordar con frescura y determinación el clásico de Shorter.

Por cierto, ambos pianistas hicieron las delicias del público al ejecutar a cuatro manos una de las primeras obras escritas por Ernán, mientras intercambiaban roles a medida que avanzaba la interpretación.  

La explosión de cubanía de la conga final, antecedida por un Capullito de alelí en el que entraron y salieron a gusto en el son de Iván Fernández, fue sencillamente arrolladora. Hubo espacio, además, para una de las tantas piezas paradigmáticas del modo de hacer de Ernán, Isla, que presenta el sugerente tránsito del yambú rumbero cubano al cálido samba de Brasil.

Y segregado el conjunto, un par de dúos memorables: Ernán y Ruy en Figuraciones, del primero; y Harold, con su Cimarrón, junto a Ruy Adrián en el cajón. Como comentó el maestro
Enrique Pla, es un cajón de la calle con nivel académico superior.

Si Mayquel en la trompeta exhibió en sus contribuciones la clase de un instrumentista al que siempre tendremos que tomar en cuenta, el bajista Julio César González Ochoa mostró credenciales de suficiente solvencia.

La TV Cubana registró el concierto, con lo que aseguró su más amplia difusión a escala nacional. Una sola observación.

Los camarógrafos debieron ser más discretos sobre la escena, para no robarsel show.

 

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