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Dayramir González Excepcionalidad musical, coherencia y don de gentes

Por: Ernesto González
Fecha: 2018.12.14
Fuente: CubaSi

Descubrir talentos jóvenes en el universo de la música (toda) que se compone o toca en Cuba es consuetudinario. Plantear que en ese mundo tan suculento haya músicos o intérpretes de excepción, podría sonar arriesgado. Los argumentos deben ser sólidos. Aunque ninguno de ellos
podrá sustituir la experiencia misma de escuchar.

A pesar de que Dayramir González tiene una exitosa carrera de catorce años, no fue hasta el año pasado en que pude disfrutarlo. Un concierto en la sala de Bellas Artes, tan propiciatoria para la intimidad entre el público y el artista. Allí interpretó magistralmente obras ajenas y propias de sabor excepcional, intercaló anécdotas y sumó recién graduados a la descarga.

Aquel encuentro fue una revelación precursora de lo que vería este noviembre en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional, durante un concierto de jazz afrocubano sinfónico. Como toda síntesis imprescindible, la del póster dejaba fuera algunos atributos que nos sorprenderían a lo largo de la jornada.

Para el espectáculo, regido por un guion bien secuenciado (carencia común y penosa en las presentaciones de algunos de nuestros grandes intérpretes), invitó a la Orquesta Sinfónica Juvenil del conservatorio Guillermo Tomás y a jóvenes músicos. Llevó a Ivette Cepeda y a Teresa Yanett. Incluyó una balada en las voces de Leo Garrido e Idania Valdés. La coherencia con la cual está sellada su obra, predominaba también en la diversidad de la cita.

La estrella del show, sin embargo, fue la obra de Dayramir, imbuida de ese espíritu en riesgo permanente, abierto a recibir y reprocesar en libertad los sonidos que la hagan apetecible a la mayor cantidad de oídos posibles. Sin concesiones a la reiteración ni al facilismo.

Acompañado por su grupo, abrió con Moving Forward, en la cuerda del jam o descarga jazzística. Le siguió Situaciones 12/8 con dos talentos: Mario Salvador en el tres y Michel Herrera en el saxofón tenor. Una apertura de lujo donde el jazz puro saltaba y se retraía para reaparecer
bañado en la impronta de la sonoridad cubana. Smiling inauguró el formato sinfónico de la función, con la magistral Orquesta A´rimaS formada por niños y adolescentes, bajo la batuta de la maestra Samira Fernández.

Hermanos de sangre, dedicada a Daymell González, fue una hermosísima meditación sobre el binomio vida-muerte. Una rememoración del amor familiar, nostálgica, sí, pero demasiado sugerente para ser triste. Un vuelo al cual nos remontó el solo de trompeta del magnífico Diango Raúl Vives.

Con fluidez y organicidad Dayramir describió al auditorio el origen emocional de esta pieza, y lo vinculó con las circunstancias externas, siempre influyentes en el proceso de creación. Habló del juego intelectual y polisémico de donde habían nacido otras.

En Tembe el compositor inserta elementos de la contradanza en los principales ritmos populares, apoyado por las flautas de la Sinfónica. Desde ese marco que no lo es, el alborozo se desliza hacia otra jam session para cerrar con las mismas reminiscencias que abrió, subrayando sus vastas significaciones.

Próximo al cierre del espectáculo, un Manisero arrollador, en la voz de Teresa Yanett, convocaba a más goces. Con esta orquestación insólita, el hálito de renovación de Dayramir nos recordaba, hasta el último momento, cuánto de tesoro inexplorado y explotable yace en la música de la Isla.

El artista nos hacía testigos de su maestría de artesano musical, del arqueólogo y fundidor que es. Al mismo tiempo, incentivaba a la juventud convocada por él sobre el escenario, o a los asistentes en sus butacas, a sacar esas joyas musicales desde una eternidad desde la cual bajan solo ocasionalmente, y con el sustento de su esencialidad reelaborarlas para el presente.

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